Autocultivo: esencial para alejar los problemas del prohibicionismo

“¡Me cansé, me cansé de comprar, me cansé! Desde ahora pa’ alante lo que hay es crecer una, dos, tres, cuatro, cinco matas, o seis…” Cultura Profética

Las políticas contra la marihuana han sido el catalítico para un aumento descontrolado de los mercados subterráneos y para una continua violación de derechos humanos y civiles. Secuelas que se continuarán repitiendo con meras reformas a las leyes. Incluso una regulación donde se mantenga los altos precios de la marihuana, controlada de manera exclusiva por dispensarios o minoristas, tampoco asegura que pueda transformar los problemas que acarrea el prohibicionismo.

Por tal razón, los debates sobre reforma a las leyes de marihuana y una posible regulación de los mercados deben incluir la producción a pequeña escala como el autocultivo. El cultivo para uso personal ha demostrado ser una estrategia exitosa en las ciudades donde se ha ‘desarrollado’ o ‘tolerado’.

Los modelos de regulación del Uruguay o en las regulaciones médicas y recreativas norteamericanas han establecido un marco jurídico con parámetros adecuados para garantizar el manejo del cultivo. Cuyos objetivos principales es impedir el acceso a menores de edad y limitar la producción para uso personal. El estado quiere estar ‘seguro’ que no se convierta en una producción comercial no regulada.

La manera de desarrollar un control es estableciendo un número máximo de plantas y un área determinada para el cultivo. En los países en los que se permite el cultivo casero ha sido una medida muy acertada para no depender del mercado subterráneo y poder satisfacer la demanda del producto. Además el valor no los determina los precios de un mercado exclusivo y el cultivador puede desarrollar un control de su propio consumo.

En los Estados Unidos, de los 28 estados y 3 territorios con regulaciones médicas, 15 permiten el autocultivo, y de igual forma es realizado en cuatro de los cinco territorios con un mercado regulado. La cantidad de las plantas puede variar desde 6 maduras, hasta 24 cuando se incluyen las plantas en crecimiento.

El cultivo casero no está permitido en Connecticut, Delaware, Illinois, Maryland, Minnesota, New Hampshire, Nueva Jersey, Nueva York y se requiere una licencia especial, en Nuevo México. En Arizona y Nevada, los pacientes sólo pueden cultivar si viven a 25 millas o más de un dispensario.

Las políticas de descriminalización que tiene EEUU no permite el cultivo de marihuana. En cambio las políticas de descriminalización en Bélgica, Suiza, España, Holanda, además de permitir el autocultivo para uso médico, suele descriminalizar el autocultivo y hasta permitir una limitada producción cuya cantidad varía por región. Asimismo, Jamaica ha comenzado a permitir el cultivo por cuestiones médicas, culturales y religiosas. Hay otros países que el consumo ni el cultivo de cannabis no tiene ningún tipo de restricción.

En distintas ciudades europeas, y recientemente en el Uruguay, han proliferado otro tipo de producción a pequeña escala con los “clubs de cannabis”, un tipo de autocultivo colectivo. Muchos de estos se justifican entre los vecinos que no tienen el espacio para cultivar en sus casas o no tienen el conocimiento y la capacidad para sembrar marihuana. Además, desarrollar moñas de calidad no es un proceso sencillo y de manera colectiva se pueden repartir tareas y costos.

La experiencia que presenta Holanda, España, Uruguay y Estados Unidos es que aunque el autocultivo ha proliferado, la mayoría de los usuarios de cannabis siguen optando por los cafés, cooperativas, clubs, farmacias, dispensarios o cualquier concesionario antes de hacer crecer su propio suministro.

El cultivo casero se permite a quienes cumplan con unos requisitos establecidos por el estado. No obstante, siempre va existir la dificultad de llevar a cabo un monitoreo del cultivo. No podemos ser ilusos, a pesar de las regulaciones, el uso de marihuana es muy estigmatizado y no todo el mundo se siente cómodo llevando a un representante del gobierno a sus patios. Además, muchos consumidores encuentran que la cantidad permitida es muy limitada.

Las regulaciones norteamericanas ‘lo han resuelto’ con la creación de impuestos para los permisos, monitoreo y en algunos estados han creado registro de los cultivadores. Los permisos y los impuestos varían por estados, pero fluctúan entre los $15-200 dólares y cuotas anuales de $20-75 dólares. Sin embargo, ninguna regulación debe estar determinada meramente por un sistema de impuestos o de las grandes ganancias basadas en la explotación de los usuarios, mucho menos de pacientes.

Irónicamente, Washington, DC es una muestra donde la regulación no la predestinó un sistema de impuestos y si una voluntad de un pueblo cansado de las políticas prohibicionistas. La capital del Tío Sam, no permite establecer impuestos vía electoral, por lo que crearon un buen lenguaje en la papeleta del referéndum y aseguraron una regulación que permita fumar, plantar, poseer y hasta compartir cannabis aunque no venderlo.

Algunos solemos argumentar que la marihuana debe ser sembrada como cualquier ‘palo de mangó’. Sin embargo, nos queda un largo trecho por caminar en la construcción de modelos de reducción de daños y de educación, donde más que ‘regular’ se busque ‘liberar’ el uso de la planta.

Pero para no arrastrar los problemas que nos trajo el prohibicionismo no podemos apartar del debate a las reformas de marihuana la discusión del autocultivo. De esta forma, podríamos desarrollar una regulación responsable cuyo objetivo sea romper con los precios del mercado subterráneo, sin dejarle el control de la planta a unos pocos. La tarea del gobierno debe estar en garantizar la prevención y educación sobre los usos y las consecuencias de su uso indebido. Tal como debería estar haciendo con el tabaco y el alcohol, drogas muchísimo más peligrosas.

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