El salubrismo y el avestruz

Por: Carmen E. Albizu García

La evidencia científica reta el mito que atribuye al avestruz amenazado esconder su cabeza bajo tierra asumiendo que si él no se ve, no le ven sus depredadores. Hay nueva información que revela que al bajar la cabeza y encoger el cuello, el ave reduce su altura y las posibilidades de ser detectado, porque no puede volar para escapar de enemigos.

Este hallazgo es aleccionador. Nos indica que conocimiento científico puede cambiar mitos. Sin embargo, algunos sectores persisten en esconder la cabeza ante los retos que representa el fenómeno de uso de drogas asumiendo que lo que no ven, no existe. Se ignora la enorme evidencia científica disponible y se asumen posturas acríticas que en nada son compatibles con un modelo salubrista que tantos parecen favorecer.

Foto: crankycurlew.com.au

La médula del modelo salubrista es la investigación y el uso del conocimiento derivado para obtener datos confiables sobre magnitud, distribución, causas y remedios a fenómenos que quebrantan la salud de la población y planificar políticas que asignen recursos de forma equitativa, racional y eficiente. El modelo requiere una fuerza laboral adecuadamente adiestrada y procesos de evaluación para un mejor uso de recursos finitos y asegurar que las intervenciones no hagan daño.

Este modelo, consensuado por agencias nacionales e internacionales de salud, acoge el respeto a los derechos humanos y reconoce que los determinantes sociales, producto de cómo configuramos las condiciones bajo las cuales se vive, son los que mayor impacto tienen sobre la salud de la población. Bajo un modelo salubrista, el remedio jamás debe ser peor que la enfermedad.

La impresionante reducción del uso de tabaco es un éxito rotundo del modelo salubrista. Centenares de estudios demostraron el vínculo de esta droga con potencial de adicción a enfermedades comunes de alta mortalidad o incapacidad, como accidentes cerebrovasculares, enfermedad coronaria, enfermedad pulmonar, muchos tipos de cáncer -no solo de pulmón- y efectos nocivos a recién nacidos de madres fumadoras, entre muchos otros. Las campañas educativas y otras intervenciones efectivas redujeron dramáticamente el uso de tabaco en Estados Unidos y Puerto Rico. Los resultados sobre la salud impresionan y nadie ha sido convicto por fumar o por traficar con el cigarrillo.

Mientras tanto, hay muchos que asumen que la marihuana, por ser ilegal, es más peligrosa que el tabaco, o que inevitablemente conduce a drogas más fuertes. No se cuestionan por qué la encarcelación no ha reducido su consumo en Estados Unidos, el país líder de la prohibición. Bajo un modelo salubrista ello obliga a una reflexión. ¿Por qué se criminalizó la marihuana en Estados Unidos ante la oposición de la Asociación Médica Americana y de comisiones presidenciales que encontraron falta de evidencia de peligrosidad que justificara esa respuesta draconiana?

Debemos preguntarnos por qué desde los años de 1970, 12 estados optaron por descriminalizar ante esa misma evidencia y por qué ahora se suman otros. ¿Qué bien se logra encarcelando a un usuario de marihuana? Debemos preguntarnos por qué hay naciones en el mundo que han despenalizado el uso personal de todas las drogas ahora ilegales y cuál ha sido el impacto sobre los patrones de uso y la salud de la población. Sobre todo, preguntarnos por qué persiste la prohibición. Por qué en Estados Unidos, con casi 1 de cada 100 varones adultos presos, casi el 38 por ciento de la población penal ha sido convicta por uso de marihuana. Debemos cuestionar los enormes daños colaterales de la encarcelación e identificar quiénes y cómo se benefician del crecimiento de ese sector. Debemos preguntarnos si somos avestruces mitológicos con la cabeza sumida en desinformación o si somos salubristas. Es apremiante por el enorme costo que pagamos.

 

Fuente: El Nuevo Día

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