Reflexión sobre las perspectivas anti drogas de anuncios de servicio público

Por: Alva C.

Hay una frase de Jorge Manrique[1] que aún resuena con los puertorriqueños, y dice: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Muchos, como yo, recordamos nuestra niñez con nostalgia y cariño, y a la vez nos viene a la mente un mundo mejor –hasta idealizado– sin problemas económicos, políticos, ni sociales y en donde las cosas eran más sencillas ante nuestros ojos, ciegos a la realidad de los adultos.

Me acuerdo como si fuera ayer… de los anuncios televisivos[2] o “PSA’s” (Anuncios de Servicio Público) anti-drogas, que incitaban a los jóvenes a simplemente decir “no” y no ceder ante la presión de grupo por parte de sus compañeros. Me acuerdo cómo pintaban ese “bajo mundo”, y que esos anuncios me asustaban lo suficiente para ni siquiera probar las drogas. Pero nunca cuestioné ni analicé lo que llevaba a muchos otros a hacerlo.

Me acuerdo también de cómo me enseñaron a temer a los puntos de droga, como si fueran la “Puerta al Hades” o al infierno mismo, y a los “tecatos” como si fueran zombis de algún escenario apocalíptico. Nunca me enseñaron a verlos como personas, sino como lo que queda de ellos una vez las drogas toman el control de sus vidas… Como si ya no quedara ningún rastro de su humanidad.

Estas memorias son los fantasmas de un pasado no muy lejano, de una niñez disfrutada a su totalidad, sin drogas ni alcohol, en parte gracias a esos anuncios. Podría decir que formo parte de la melancólica generación del After School Special[3], adultos que de niños fueron reclutados a pelear “la guerra contra las drogas[4]”. Como dirían los gringos: “get them while they’re young.”

Pero con la adultez –y la madurez– viene la objetividad, una perspectiva que me permite ver todos los factores que constituyen una situación difícil de solucionar en vez de ver las cosas de manera reduccionista. Sin embargo, la realidad es que vivimos en un país donde el tráfico y el consumo de drogas mueven la siempre presente economía subterránea[5], donde criminalizan al adicto y la substancia a través del prohibicionismo[6], y donde encarcelan a los usuarios con duras penas carcelarias en vez de tratar la adición por lo que es: un problema de salud pública que ha alcanzado niveles epidémicos[7].

En mi opinión, la raíz del problema de adicción a drogas en Puerto Rico es mucho más profunda de lo que aparenta, y por lo tanto la solución no va a ser sencilla. Es típico de muchos puertorriqueños querer tapar el sol con un dedo. Los medios tratan el tema de una manera superficial[8] y simplemente ignoran el sufrimiento humano que causa la adicción, no como un acto criminal, sino como una enfermedad que hasta el momento ha sido difícil de tratar. Es más fácil para el gobierno encarcelar al “tecato” que ofrecer soluciones reales, como la rehabilitación o la legalización de las sustancias controladas menos peligrosas[9], como la marihuana.

Por otro lado, los adictos no buscan ayuda gracias al estigma relacionado a su condición, y a la vergüenza que les causaría admitir que tienen un problema ante sus amigos y familiares. Anuncios dirigidos a la juventud instruyen a niños y adolescentes a excluir a otros jóvenes que sean “mala influencia” y no le enseñan cómo manejar el asunto de una manera más madura. Los jóvenes simplemente no tienen las herramientas para tratar con esos casos que son por naturaleza delicados y requieren la acción e intervención de adultos y profesionales de la salud.

Tampoco las escuelas tienen un sistema para que los niños y adolescentes puedan comunicarle a los adultos si un amigo enfrenta problemas con drogas. Muchas veces el problema es obvio, pues puede verse reflejado en el desempeño académico del joven[10], pero muchas veces el problema simplemente pasa desapercibido. Y para el ojo no entrenado, la adicción puede ser hasta invisible.

Algo que también hay que tener en mente a la hora de manejar estas situaciones en el entorno educativo y social es las circunstancias que llevan a jóvenes y adultos al consumo y abuso de drogas. La falta de un sistema de apoyo social al adicto a sustancias controladas es lo que lleva a muchos a aislarse, y a creer que su condición no tiene arreglo. Por lo tanto, caen en un abismo interminable de vergüenza y culpa del cual se les hace difícil salir sin ayuda ni esperanza.

Y como es de esperar, la generación del After School Special, de adultos, ignoran al drogadicto y lo culpan de su condición, simplemente porque dijo que “SI” a las drogas, en vez de decir que “no”.

Sin embargo, la solución al problema de las drogas va mucho más allá de decir que NO, y de implementar medidas de prevención. Tenemos que dejar de tratar al adicto como un elemento no deseable de esta sociedad, y en vez de encarcelarlos, ignorarlos o condenarlos al ostracismo, démosle una mano. Como sociedad, no deberíamos limitarnos a simplemente hacer anuncios de servicio público y crear propaganda contra las drogas y la adicción; mejor eduquemos al pueblo sobre esta condición que está haciendo estragos en nuestra isla. La guerra contra las drogas es una guerra que no ganaremos si no peleamos unidos, como comunidad y país, usando la educación como arma, no el sistema penitenciario.

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