Sopesemos la “reducción de daños”

El concepto de reducción de daños es uno que poca gente conoce en Puerto Rico. Y aquéll@s que dicen saber lo que es y cómo se implementa probablemente saben poco sobre lo medular que éste ha sido para cambiar políticas de drogas y otras “conductas de alto riesgo” en Europa y más recientemente en Latinoamérica.

Empecemos por el principio. La reducción de daños se puede definir como: “Toda acción individual, colectiva, médica o social, destinada a minimizar y reducir los efectos negativos del consumo de drogas y otras prácticas asociadas como la sexualidad insegura y las situaciones de violencia – en las condiciones jurídicas y culturales actuales” (Red Chilena de Reducción de Daños).

Esta definición es una adecuada, y yo diría que hasta de las mejores, por dos razones básicas. Primero, porque define esta teoría (y algún@s dirían que hasta una filosofía) claramente mas allá que como una técnica o acción a ser ejecutada por una persona, es decir, más allá del individuo. La oración-definición incluye directamente la acción colectiva y la extiende a lo médico e incluye lo social. Como psicólogo social, entiendo esto como sumamente importante pues los temas de las drogas y el sexo no son meramente asuntos de responsabilidad personal sino de responsabilidad colectiva de tod@s en la sociedad.

La segunda razón es porque proviene del sur. Y no digo esto meramente porque no es “del norte” sino porque proviene de uno de los muchos países que están entendiendo claramente que la prohibición como política pública hacia las drogas y l@s usuari@s de drogas no solamente no funciona sino que es un gasto exorbitante para el erario público y, de hecho, es nociva para la sociedad. La reducción de daños, por el contrario, se basa en los principios más progresistas de las sociedades, tales como el pragmatismo y los valores humanistas, así como también en datos y análisis científicos.

Básicamente, la reducción de daños se enfoca en mitigar o minimizar los daños y los riesgos que la población de una sociedad incurre. Y para hacer esto usa la investigación científica y el apoderamiento comunitario como herramientas. Un ejemplo menos controvertible que el de las drogas o el sexo, que nos deja ver la importancia de la reducción de daños, es la implementación de los cinturones de seguridad en los carros. Seguro, le podemos pedir a la gente que no quiere estar en un choque que no se monte en ningún carro o guagua, pero pregunto ¿es esto real en nuestra sociedad? No, por eso se entiende que ser tanto conductor como pasajero conlleva un riesgo que puede tener un daño. Y, a sabiendas de que los choques van a suceder y que es más bien cuestión de cuándo, se le pide a la gente que use el cinturón de seguridad para que cuando haya un choque se minimice el daño de uno más grave (ejemplo, la muerte) a uno menos grave (fractura de brazo). Asimismo, si somos realistas y dejamos las utopías detrás, entenderemos que en todas las sociedades la gente tiene sexo y usa drogas y no porque te pongan un anuncio de “no uses drogas” o “no tengas sexo” la gente en masa va a parar de hacer alguna o ambas (juntas o por separado). Entonces, ¿por qué le pedimos a la gente que no use drogas y que no tenga sexo y si lo hace, e incurre en un riesgo, no solo le acusamos sino que como sociedad le imponemos el daño de criminalizar sus acciones?

Ya es hora de ponerse el cinturón de seguridad y tomar decisiones basadas en la investigación científica desde nuestra realidad como isla-colonia caribeña. Para reducir el daño de las drogas en Puerto Rico tenemos que aprender sobre los riesgos de cada una de las drogas y sobre el costo de no hacer nada en cuanto a los daños tanto individuales como colectivos. En concreto: legalizar la marihuana es reducir el daño, pues no hay razón por la cual criminalizar una sustancia psicoactiva que es menos dañina que el alcohol. Además, regularla adecuadamente sería más rentable y reduciría los daños asociados con su uso, a su vez que garantizaría que su calidad fuera alta y que no estuviera accesible por ejemplo a niñ@s menores de edad como lo está en el presente (junto a cualquier otra droga). Descriminalizar la cocaína y la heroína y brindar servicios adecuados de prevención (como los intercambios de jeringuillas) y tratamiento (como la buprenorfina) a l@s usuari@s que lo necesiten y lo quieran reduce tanto el daño como el costo exorbitante de una “guerra contra las drogas” que nunca acaba y que perjudica exageradamente a l@s más pobres y marginad@s de nuestra sociedad.

¿Cuáles son los costos de no implementar la reducción de los verdaderos daños en nuestra sociedad? Seguir gastando dinero en una política pública que no funciona, permitir que incrementen la criminalidad y las enfermedades transmisibles como el VIH y la Hepatitis-C, y llenar las prisiones de gente pobre acusada de posesión de drogas. La reducción de daños nos hace mirar los problemas de una manera sopesada (pragmatismo) y buscar respuestas basadas en la ciencia y no en ideologías basadas en utopías (prohibicionismo). En fin, si queremos transformar las políticas de drogas y construir una mejor sociedad debemos empezar evaluando las prácticas y el alcance que tienen los servicios de reducción de daños en nuestras comunidades.

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